No hay proa que taje una nube de ideas. Una idea enérgica, flameada a
tiempo ante el mundo, para, como la bandera mística del juicio final, a un
escuadrón de acorazados. Los pueblos que no se conocen han de darse prisa
para conocerse, como quienes van a pelear juntos. Los que enseñan los puños,
como hermanos celosos, que quieren los dos la misma tierra, o el de casa
chica, que le tiene envidia al de casa mejor, han de encajar, de modo que
sean una, las dos manos. Los que, al amparo de una tradición criminal,
cercenaron, con el sable tinto en la sangre de sus mismas venas, la tierra
del hermano vencido, del hermano castigado más allá de sus culpas, si no
quieren que les llame el pueblo ladrones, devuélvanle sus tierras al
hermano. Las deudas del honor no las cobra el honrado en dinero, a tanto por
la bofetada. Ya no podemos ser el pueblo de hojas, que vive en el aire, con
la copa cargada de flor, restallando o zumbando, según la acaricie el
capricho de la luz, o la tundan y talen las tempestades; ¡los árboles se han
de poner en fila para que no pase el gigante de las siete legua! Es la hora
del recuento, y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado,
como la plata en las raíces de los Andes.
A los sietemesinos sólo les faltará el valor. Los que no tienen fe en su
tierra son hombres de siete meses. Porque les falta el valor a ellos, se lo
niegan a los demás. No les alcanza al árbol difícil el brazo canijo, el
brazo de uñas pintadas y pulsera, el brazo de Madrid o de París, y dicen que
no se puede alcanzar el árbol. Hay que cargar los barcos de esos insectos
dañinos, que le roen el hueso a la patria que los nutre. Si son parisienses
o madrileños, vayan al Prado, de faroles, o vayan a Tortoni, de sorbetes.
¡Estos hijos de carpintero, que se avergüenzan de que su padre sea
carpintero! ¡Estos nacidos en América, que se avergüenzan, porque llevan
delantal indio, de la madre que los crió, y reniegan, ¡bribones!, de la
madre enferma, y la dejan sola en el lecho de las enfermedades! Pues, ¿quién
es el hombre? ¿el que se queda con la madre, a curarle la enfermedad, o el
que la pone a trabajar donde no la vean, y vive de su sustento en las
tierras podridas con el gusano de corbata, maldiciendo del seno que lo
cargó, paseando el letrero de traidor en la espalda de la casaca de papel?
¡Estos hijos de nuestra América, que ha de salvarse con sus indios, y va de
menos a más; estos desertores que piden fusil en los ejércitos de la América
del Norte, que ahoga en sangre a sus indios, y va de más a menos! ¿Estos
delicados, que son hombres y no quieren hacer el trabajo de hombres! Pues el
Washington que les hizo esta tierra ¿se fue a vivir con los ingleses, a
vivir con los ingleses en los años en que los veía venir contra su tierra
propia? ¡Estos «increíbles» del honor, que lo arrastran por el suelo
extranjero, como los increíbles de la Revolución francesa, danzando y
relamiéndose, arrastraban las erres!
Ni ¿en qué patria puede tener un hombre más orgullo que en nuestras
repúblicas dolorosas de América, levantadas entre las masas mudas de indios,
al ruido de pelea del libro con el cirial, sobre los brazos sangrientos de
un centenar de apóstoles? De factores tan descompuestos, jamás, en menos
tiempo histórico, se han creado naciones tan adelantadas y compactas. Cree
el soberbio que la tierra fue hecha para servirle de pedestal, porque tiene
la pluma fácil o la palabra de colores, y acusa de incapaz e irremediable a
su república nativa, porque no le dan sus selvas nuevas modo continuo de ir
por el mundo de gamonal famoso, guiando jacas de Persia y derramando
champaña. La incapacidad no está en el país naciente, que pide formas que se
le acomoden y grandeza útil, sino en los que quieren regir pueblos
originales, de composición singular y violenta, con leyes heredadas de
cuatro siglos de práctica libre en los Estados Unidos, de diecinueve siglos
de monarquía en Francia. Con un decreto de Hamilton no se le para la pechada
al potro del llanero. Con una frase de Sieyès no se desestanca la sangre
cuajada de la raza india. A lo que es, allí donde se gobierna, hay que
atender para gobernar bien; y el buen gobernante en América no es el que
sabe cómo se gobierna el alemán o el francés, sino el que sabe con qué
elementos está hecho su país, y cómo puede ir guiándolos en junto, para
llegar, por métodos e instituciones nacidas del país mismo, a aquel estado
apetecible donde cada hombre se conoce y ejerce, y disfrutan todos de la
abundancia que la Naturaleza puso para todos en el pueblo que fecundan con
su trabajo y defienden con sus vidas. El gobierno ha de nacer del país. El
espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma de gobierno ha de
avenirse a la constitución propia del país. El gobierno no es más que el
equilibrio de los elementos naturales del país.
Por eso el libro importado ha sido vencido en América por el hombre
natural. Los hombres naturales han vencido a los letrados artificiales. El
mestizo autóctono ha vencido al criollo exótico. No hay batalla entre la
civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza.
El hombre natural es bueno, y acata y premia la inteligencia superior,
mientras esta no se vale de su sumisión para dañarle, o le ofende
prescindiendo de él, que es cosa que no perdona el hombre natural, dispuesto
a recobrar por la fuerza el respeto de quien le hiere la susceptibilidad o
le perjudica el interés. Por esta conformidad con los elementos naturales
desdeñados han subido los tiranos de América al poder; y han caído en cuanto
les hicieron traición. Las repúblicas han purgado en las tiranías su
incapacidad para conocer los elementos verdaderos del país, derivar de ellos
la forma de gobierno y gobernar con ellos. Gobernante, en un pueblo nuevo,
quiere decir creador.
En pueblos compuestos de elementos cultos e incultos, los incultos
gobernarán, por su hábito de agredir y resolver las dudas con su mano, allí
donde los cultos no aprendan el arte del gobierno. La masa inculta es
perezosa, y tímida en las cosas de la inteligencia, y quiere que la
gobiernen bien; pero si el gobierno le lastima, se lo sacude y gobierna
ella. ¿Cómo han de salir de las universidades los gobernantes, si no hay
universidad en América donde se enseñe lo rudimentario del arte del
gobierno, que es el análisis de los elementos peculiares de los pueblos de
América? A adivinar salen los jóvenes al mundo, con antiparras yanquis o
francesas, y aspiran a dirigir un pueblo que no conocen. En la carrera de la
política habría de negarse la entrada a los que desconocen los rudimentos de
la política. El premio de los certámenes no ha de ser para la mejor oda,
sino para el mejor estudio de los factores del país en que se vive. En el
periódico, en la cátedra, en la academia, debe llevarse adelante el estudio
de los factores reales del país. Conocerlos basta, sin vendas ni ambages;
porque el que pone de lado, por voluntad u olvido, una parte de la verdad,
cae a la larga por la verdad que le faltó, que crece en la negligencia, y
derriba lo que se levanta sin ella. Resolver el problema después de conocer
sus elementos, es más fácil que resolver el problema sin conocerlos. Viene
el hombre natural, indignado y fuerte, y derriba la justicia acumulada de
los libros, porque no se administra en acuerdos con las necesidades patentes
del país. Conocer es resolver. Conocer el país, y gobernarlo conforme al
conocimiento es el único modo de librarlo de tiranías. La universidad
europea ha de ceder a la universidad americana. La historia de América, de
los incas acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los
arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es
nuestra. Nos es más necesaria. Los políticos nacionales han de reemplazar a
los políticos exóticos. Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el
tronco ha de ser el de nuestras repúblicas. Y calle el pedante vencido; que
no hay patria en que pueda tener el hombre más orgullo que en nuestras
dolorosas repúblicas americanas.
Con los pies en el rosario, la cabeza blanca y el cuerpo pinto de indio y
criollo, venimos, denodados, al mundo de las naciones. Con el estandarte de
la Virgen salimos a la conquista de la libertad. Un cura, unos cuantos
tenientes y una mujer alzan en México la república, en hombros de los
indios. Un canónigo español, a la sombra de su capa, instruye la libertad
francesa a unos cuantos bachilleres magníficos, que ponen de jefe de Centro
América contra España al general de España. Con los hábitos monárquicos, y
el Sol por pecho, se echaron a levantar pueblos los venezolanos por el Norte
y los argentinos por el Sur. Cuando los dos héroes chocaron, y el continente
iba a temblar, uno, que no fue el menos grande, volvió riendas. Y como el
heroísmo en la paz es más escaso, porque es menos glorioso que el de la
guerra; como al hombre le es más fácil morir con honra que pensar con orden;
como gobernar con los sentimientos exaltados y unánimes es más hacedero que
dirigir, después de la pelea, los pensamientos diversos, arrogantes,
exóticos o ambiciosos; como los poderes arrollados en la arremetida épica
zapaban, con la cautela felina de la especie y el peso de lo real, el
edificio que habían izado, en las comarcas burdas y singulares de nuestra
América mestiza, en los pueblos de pierna desnuda y casaca de París, la
bandera de los pueblos nutridos de savia gobernante en la práctica continua
de la razón y de la libertad; como la constitución jerárquica de las
colonias resistía la organización democrática de la República, o las
capitales de corbatín dejaban en el zaguán al campo de bota y potro, o los
redentores bibliógenos no entendieron que la revolución que triunfó con el
alma de la tierra había de gobernar, y no contra ella ni sin ella, entró a
padecer América, y padece, de la fatiga de acomodación entre los elementos
discordantes y hostiles que heredó de un colonizador despótico y avieso, y
las ideas y formas importadas que han venido retardando, por su falta de
realidad local, el gobierno lógico. El continente descoyuntado durante tres
siglos por un mando que negaba el derecho del hombre al ejercicio de su
razón, entró, desatendiendo o desoyendo a los ignorantes que lo habían
ayudado a redimirse, en un gobierno que tenía por base la razón; la razón de
todos en las cosas de todos, y no la razón universitaria de unos sobre la
razón campestre de otros. El problema de la independencia no era el cambio
de formas, sino el cambio de espíritu.
Con los oprimidos había que hacer una causa común, para afianzar el
sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores. El
tigre, espantado del fogonazo, vuelve de noche al lugar de la presa. Muere
echando llamas por los ojos y con las zarpas al aire. No se le oye venir,
sino que viene con zarpas de terciopelo. Cuando la presa despierta, tiene al
tigre encima. La colonia continuó viviendo en la república; y nuestra
América se está salvando de sus grandes yerros -de la soberbia de las
ciudades capitales, del triunfo ciego de los campesinos desdeñados, de la
importación excesiva de las ideas y fórmulas ajenas, del desdén inicuo e
impolítico de la raza aborigen-, por la virtud superior, abonada con sangre
necesaria, de la república que lucha contra la colonia. El tigre espera,
detrás de cada árbol, acurrucado en cada esquina. Morirá, con las zarpas al
aire, echando llamas por los ojos.
Pero «estos países se salvarán», como anunció Rivadavia el argentino, el
que pecó de finura en tiempos crudos; al machete no le va vaina de seda, ni
el país que se ganó con lanzón se puede echar el lanzón atrás, porque se
enoja y se pone en la puerta del Congreso de Iturbide «a que le hagan
emperador al rubio». Estos países se salvarán porque, con el genio de la
moderación que parece imperar, por la armonía serena de la Naturaleza, en el
continente de la luz, y por el influjo de la lectura crítica que ha sucedido
en Europa a la lectura de tanteo y falansterio en que se empapó la
generación anterior, le está naciendo a América, en estos tiempos reales, el
hombre real.
Éramos una visión, con el pecho de atleta, las manos de petimetre y la
frente de niño. Éramos una máscara, con los calzones de Inglaterra, el
chaleco parisiense, el chaquetón de Norteamérica y la montera de España. El
indio, mudo, nos daba vueltas alrededor, y se iba al monte, a la cumbre del
monte, a bautizar a sus hijos. El negro, oteado, cantaba en la noche la
música de su corazón, solo y desconocido, entre la olas y las fieras. El
campesino, el creador, se revolvía, ciego de indignación, contra la ciudad
desdeñosa, contra su criatura. Éramos charreteras y togas, en países que
venían al mundo con la alpargata en los pies y la vincha en la cabeza. El
genio hubiera estado en hermanar, con la caridad del corazón y con el
atrevimiento de los fundadores, la vincha y la toga; en desestancar al
indio; en ir haciendo lado al negro suficiente; en ajustar la libertad al
cuerpo de los que se alzaron y vencieron por ella. Nos quedó el oidor, y el
general, y el letrado, y el prebendado. La juventud angélica, como de los
brazos de un pulpo, echaba al Cielo, para caer con gloria estéril, la
cabeza, coronada de nubes. El pueblo natural, con el empuje del instinto,
arrollaba, ciego de triunfo, los bastones de oro. Ni el libro europeo, ni el
libro yanqui, daban la clave del enigma hispanoamericano. Se probó el odio,
y los países venían cada año a menos. Cansados del odio inútil de la
resistencia del libro contra la lanza, de la razón contra el cirial, de la
ciudad contra el campo, del imperio imposible de las castas urbanas
divididas sobre la nación natural, tempestuosa e inerte, se empieza, como
sin saberlo, a probar el amor. Se ponen en pie los pueblos, y se saludan.
«¿Cómo somos?» se preguntan; y unos a otros se van diciendo cómo son. Cuando
aparece en Cojímar un problema, no van a buscar la solución a Dantzig. Las
levitas son todavía de Francia, pero el pensamiento empieza a ser de
América. Los jóvenes de América se ponen la camisa al codo, hunden las manos
en la masa, y la levantan con la levadura del sudor. Entienden que se imita
demasiado, y que la salvación está en crear. Crear es la palabra de pase de
esta generación. El vino, de plátano; y si sale agrio, ¡es nuestro vino! Se
entiende que las formas de gobierno de un país han de acomodarse a sus
elementos naturales; que las ideas absolutas, para no caer por un yerro de
forma, han de ponerse en formas relativas; que la libertad, para ser viable,
tiene que ser sincera y plena; que si la república no abre los brazos a
todos y adelanta con todos, muere la república. El tigre de adentro se echa
por al hendija, y el tigre de afuera. El general sujeta en la marcha la
caballería al paso de los infantes. O si deja a la zaga a los infantes, le
envuelve el enemigo la caballería. Estrategia es política. Los pueblos han
de vivir criticándose, porque la crítica es la salud; pero con un solo pecho
y una sola mente. ¡Bajarse hasta los infelices y alzarlos en los brazos!
¡Con el fuego del corazón deshelar la América coagulada! ¡Echar, bullendo y
rebotando, por las venas, la sangre natural del país! En pie, con los ojos
alegres de los trabajadores, se saludan, de un pueblo a otro, los hombres
nuevos americanos. Surgen los estadistas naturales del estudio directo de la
Naturaleza. Leen para aplicar, pero no para copiar. Los economistas estudian
la dificultad en sus orígenes. Los oradores empiezan a ser sobrios. Los
dramaturgos traen los caracteres nativos a la escena. Las academias discuten
temas viables. La poesía se corta la melena zorrillesca y cuelga del árbol
glorioso el chaleco colorado. La prosa, centelleante y cernida, va cargada
de idea. Los gobernadores, en las repúblicas de indios, aprenden indio.
De todos sus peligros se va salvando América. Sobre algunas repúblicas
está durmiendo el pulpo. Otras, por la ley del equilibrio, se echan a pie a
la mar, a recobrar, con prisa loca y sublime, los siglos perdidos. Otras,
olvidando que Juárez paseaba en un coche de mulas, ponen coche de viento y
de cochero a una pompa de jabón; el lujo venenoso, enemigo de la libertad,
pudre al hombre liviano y abre la puerta al extranjero. Otras acendran, con
el espíritu épico de la independencia amenazada, el carácter viril. Otras
crían, en la guerra rapaz contra el vecino, la soldadesca que puede
devorarlas. Pero otro peligro corre, acaso, nuestra América, que no le viene
de sí, sino de la diferencia de orígenes, métodos e intereses entre los dos
factores continentales, y es la hora próxima en que se le acerque,
demandando relaciones íntimas, un pueblo emprendedor y pujante que la
desconoce y la desdeña. Y como los pueblos viriles, que se han hecho de sí
propios, con la escopeta y la ley, aman, y sólo aman, a los pueblos viriles;
como la hora del desenfreno y la ambición, de que acaso se libre, por el
predominio de lo más puro de su sangre, la América del Norte, o en que
pudieran lanzarla sus masas vengativas y sórdidas, la tradición de conquista
y el interés de un caudillo hábil, no está tan cercana aún a los ojos del
más espantadizo, que no dé tiempo a la prueba de altivez, continua y
discreta, con que se la pudiera encara y desviarla; como su decoro de
república pone a la América del Norte, ante los pueblos atentos del
Universo, un freno que no le ha de quitar la provocación pueril o la
arrogancia ostentosa o la discordia parricida de nuestra América, el deber
urgente de nuestra América es enseñarse como es, una en alma e intento,
vencedora veloz de un pasado sofocante, manchada sólo con sangre de abono
que arranca a las manos la pelea con las ruinas, y la de las venas que nos
dejaron picadas nuestros dueños. El desdén del vecino formidable, que no la
conoce, es el peligro mayor de nuestra América; y urge, porque el día de la
visita está próximo, que el vecino la conozca, la conozca pronto, para que
no la desdeñe. Por el respeto, luego que la conociese, sacaría de ella las
manos. Se ha de tener fe en lo mejor del hombre y desconfiar de lo peor de
él. Hay que dar ocasión a lo mejor para que se revele y prevalezca sobre lo
peor. Si no, lo peor prevalece. Los pueblos han de tener una picota para
quien les azuza a odios inútiles; y otra para quien no les dice a tiempo la
verdad.
No hay odio de razas, porque no hay razas. Los pensadores canijos, los
pensadores de lámparas, enhebran y recalientan las razas de librería, que el
viajero justo y el observador cordial buscan en vano en la justicia de la
Naturaleza, donde resalta en el amor victorioso y el apetito turbulento, la
identidad universal del hombre. El alma emana, igual y eterna, de los
cuerpos diversos en forma y en color. Peca contra la Humanidad el que
fomente y propague la oposición y el odio de las razas. Pero en el amasijo
de los pueblos se condensan, en la cercanía de otros pueblos diversos,
caracteres peculiares y activos, de ideas y de hábitos, de ensanche y
adquisición, de vanidad y de avaricia, que del estado latente de
preocupaciones nacionales pudieran, en un período de desorden interno o de
precipitación del carácter acumulado del país, trocarse en amenaza grave
para las tierras vecinas, aisladas y débiles, que el país fuerte declara
perecederas e inferiores. Pensar es servir. Ni ha de suponerse, por
antipatía de aldea, una maldad ingénita y fatal al pueblo rubio del
continente, porque no habla nuestro idioma, ni ve la casa como nosotros la
vemos, ni se nos parece en sus lacras políticas, que son diferentes de las
nuestras; ni tiene en mucho a los hombres biliosos y trigueños, ni mira
caritativo, desde su eminencia aún mal segura, a los que, con menos favor de
la Historia, suben a tramos heroicos la vía de las repúblicas; ni se han de
esconder los datos patentes del problema que puede resolverse, para la paz
de los siglos, con el estudio oportuno y la unión tácita y urgente del alma
continental. ¡Porque ya suena el himno unánime; la generación actual lleva a
cuestas, por el camino abonado por los padres sublimes, la América
trabajadora; del Bravo a Magallanes, sentado en el lomo del cóndor, regó el
Gran Semí, por las naciones románticas del continente y por las islas
dolorosas del mar, la semilla de la América nueva!
Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea, y con tal que
él quede de alcalde, o le mortifique al rival que le quitó la novia, o le
crezcan en la alcancía los ahorros, ya da por bueno el orden universal, sin
saber de los gigantes que llevan siete leguas en las botas y le pueden poner
la bota encima, ni de la pelea de los cometas en el Cielo, que van por el
aire dormidos engullendo mundos. Lo que quede de aldea en América ha de
despertar. Estos tiempos no son para acostarse con el pañuelo en la cabeza,
sino con las armas en la almohada, como los varones de Juan de Castellanos:
las armas del juicio, que vencen a las otras. Trincheras de ideas valen más
que trincheras de piedra.
Publicado por primera vez en:
La Revista Ilustrada de Nueva York, 10 de enero de 1891.